22 de septiembre de 2008

OSETIA DEL SUR: LA CÚSPIDE DEL DESENCUENTRO ENTRE EEUU Y RUSIA


Alberto Priego

Tras ocho años de Administración republicana y en el contexto de una situación internacional muy convulsa, la posición de EEUU es mucho más débil que la que dejó el presidente Clinton. El deterioro de las relaciones con sus aliados europeos y la falta de soluciones en Irak y Afganistán han hecho pensar a Rusia que podía reafirmar su posición internacional atacando a Georgia. La república transcaucásica, que mantiene una enemistad histórica con Rusia, representa la esencia de la política exterior de EEUU, de esa política exterior que ha tenido como banderas de progreso los conceptos de Spread of Democracy y Greater Middle East y que ha perseguido la integración de sus aliados en las estructuras Euro–Atlánticas. Sin embargo, Rusia ha cometido un error de cálculo ya que no sólo ha encontrado la esperada oposición de EEUU sino de la inmensa mayoría de la comunidad internacional incluyendo algunos teóricos aliados de Moscú.

Relaciones entre Georgia y Rusia

Las relaciones entre Rusia y Georgia siempre han sido confusas, difíciles y no carentes de contradicciones. En 1783 Catalina la Grande y Erakle II firmaron el tratado de Gueorguievsk por el que Georgia quedaba dentro del área de influencia rusa, aunque no fue hasta Alejandro I cuando quedó totalmente integrada en el Imperio Zarista. Desde entonces las relaciones entre Moscú y Tblisi han sido convulsas, pasando por varias crisis (1956, 1974, 1981 y 1989). En todas y cada una de ellas Rusia utilizó a las repúblicas autónomas de Abjasia y Osetia del Sur para desestabilizar a Georgia, algo que sigue ocurriendo hoy, 17 años después de alcanzar la independencia.

Poco tiempo después de la caída de la URSS, Georgia vivió una cruel guerra con Abjasia que, al igual que Osetia del Sur, proclamó su independencia. La Federación Rusa ayudó a los separatistas con armas, dinero y mercenarios, entre los que se puede destacar al terrorista checheno Shamil Bassayev. El caos imperante en Georgia terminó con la destitución de Zviad Gamsajurdia a favor de Eduard Shevardnadze que firmó su entrada en la CEI a cambio de un apoyo ruso que nunca llegó. El que fuera responsable de exteriores de la URSS se mantuvo en el poder hasta la Revolución de la Rosa (2004). Tras ella, el nuevo presidente, Mijail Saakashvili, adoptó una postura pro–occidental con dos objetivos: integrarse en las estructuras Euro–Atlánticas (OTAN y UE) y acabar de una vez por todas con los problemas secesionistas en Abjasia, Osetia del Sur y Adzharia. Como ejemplo del cambio que supuso Saakashvili cabe mencionar la adopción de medidas tan novedosas como el cambio de bandera, que ahora incluye, además de una central, cuatro cruces de San Jorge en cuatro cuadrantes representando a los cuatros territorios (Mingrelia, Adzharia, Osetia del sur y Abjasia) de Georgia. Así, no es extraño que la llegada de Saakashvili supusiera un empeoramiento de las relaciones con Rusia.

Antecedentes de la crisis

Desde el pasado 18 de febrero en que Kosovo fue reconocido como Estado, las relaciones entre las regiones secesionistas y el gobierno de Tblisi no han hecho más que empeorar. Además de las desavenencias entre las partes enfrentadas, el Kremlin ha contribuido enormemente a avivar el fuego con declaraciones y acciones que alentaban a la independencia de Osetia del Sur, Abjasia, Nagorno–Karabaj y Transdnistria.

En los meses previos a la crisis de agosto se produjeron hechos que contribuyeron enormemente a elevar la tensión. El 20 de abril un avión de reconocimiento georgiano fue derribado en Abjasia. En un primer momento el gobierno georgiano negó la noticia aunque al día siguiente otro caza fue abatido, esa vez por un MIG29 ruso. El caza ruso había salido de Gudauta, una de las bases militares que Rusia se vio obligada a abandonar en 2006. Este incidente provocó, entre otras muchas cosas, que Georgia abandonara el sistema de defensa aérea de la CEI. Poco después, el 18 de mayo un grupo de soldados rusos, supuestamente borrachos, se adentraron en la localidad georgiana de Zugdidi sembrando el pánico e hiriendo incluso a una mujer a la que atropellaron con un coche.

Durante el mes de julio, el Ejército Federal realizó unos importantes ejercicios en la frontera con Georgia que pusieron en guardia al gobierno de Saakashvili. A esto hay que añadir que el 4 de agosto las tropas rusas estuvieran ya apostadas en la única vía de comunicación entre Georgia y Rusia: el túnel de Roki. Estos antecedentes, junto con la declaración de independencia de Kosovo, provocaron que Georgia decidiera lanzar una ofensiva sobre Osetia del Sur con el fin de romper el statu quo imperante en la zona desde 1994. Georgia trataba con ello de dar un golpe de efecto que evitara la independencia de Osetia del Sur y Abjasia.

La crisis de agosto

En efecto, el pasado jueves 7 de agosto el ejército georgiano lanzó una ofensiva sorpresa con el fin de tomar el control de Osetia del Sur. La reacción el 58º Ejército ruso no se hizo esperar[1] y en cuatro días se hizo con el control de Georgia. Aunque la reacción rusa en un primer momento se centró en Tsjinvali, pronto alcanzó otros puntos estratégicos de Georgia como el puerto de Poti, Gori y los alrededores de Tblisi, todos ellos de gran valor estratégico

Los bombardeos rusos fueron constantes y Human Rights Watch (HRW) acusó al ejército federal de utilizar bombas de racimo. Por su parte, los rebeldes abjasianos aprovecharon la ocasión para lanzar un ataque contra las fuerzas georgianas establecidas en el desfiladero de Kodori. Se trataba de abrir el camino a las fuerzas rusas que llegarían a Abjasia el día 11 de agosto. Rusia había bloqueado a Georgia en menos de cuatro días por tierra, mar y aire. Las reacciones internacionales no se hicieron esperar, destacando sobremanera las de la Presidencia francesa de la UE y la de EEUU. La secretaria de Estado Condolezza Rice, en gestó de apoyo al pueblo georgiano, visitó Tblisi el 15 de agosto para advertir a Moscú que “ni estamos en 1968 ni esto es Checoslovaquia”. Por su parte, el presidente ruso Medvedev recibió en el Kremlin el 13 de agosto a los líderes separatistas como gesto previo al reconocimiento internacional que llegaría 13 días después. Más allá de los gestos y la retórica el apoyo de Washington a Georgia ha sido muy firme, tal y como muestran el envío de aviones de ayuda humanitaria y las condenas a Rusia.

Asimismo, la Presidencia de turno de la UE ha desarrollado un formidable papel de mediación entre Rusia y Georgia y, fruto de ello, fue el alto el fuego del 16 de agosto. Aunque el acuerdo implicaba una retirada de los combatientes a las posiciones previas a la crisis, los rusos tardaron varios días en cumplir su compromiso. Hasta el día 22 de agosto las fuerzas rusas no comenzaron a realizar un verdadero repliegue y, en su camino de vuelta a casa, dejaron alguna sorpresa como la explosión de un tren en las cercanías de Gori que dejó la vía inutilizada. Lo mismo ocurrió en Poti, donde las tropas rusas destruyeron las instalaciones y hundieron varios buques georgianos.

Sin embargo, la principal sorpresa de esta crisis estaba aún por llegar: el reconocimiento ruso de la independencia de Osetia del Sur y Abjasia. El 20 de agosto la Duma dijo que estaba preparada para reconocer la independencia de los dos enclaves, algo que se hizo efectivo el 26 de agosto. Por su parte, Francia ha acusado a Rusia de estar fuera de la legalidad internacional, EEUU lo ha calificado de hecho lamentable y el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, ha acusado a Rusia de violar varias resoluciones del Consejo de Seguridad.

Consecuencias de la crisis para la relaciones entre Rusia y Occidente

Las relaciones entre Occidente y la Federación Rusa se han visto gravemente afectadas, aunque la crisis de Osetia no es más que otro episodio de un largo desencuentro. En noviembre pasado, en una trama de espías propia de John Le Carré, Rusia intervino en Georgia de forma sibilina con el objetivo de desbancar a Saakashvili. El pasado mes de abril, durante la cumbre de Bucarest de la OTAN,[2] Rusia ejerció una fuerte presión para que Georgia y Ucrania no fueran invitadas a ser miembros de la Alianza. Una vez que Moscú se aseguró de que Tblisi no tenía el paraguas de la OTAN, el futuro de Georgia y Ucrania era mucho más incierto.

Sin embargo, la ofensiva rusa no iba solamente contra Georgia, sino también contra la política de EEUU en la zona. Desde que en 2004 la Casa Blanca respaldara a Saakashvili y a su “Revolución de la Rosa”,[3] Georgia se convirtió en la punta de lanza de la ambiciosa política de Spread of Democracy y del Greater Middle East. El Pentágono preparó unas nuevas brigadas militares (Stryker Brigade Combat Team[4]), más flexibles y fácilmente desplegables que, curiosamente, se adaptaban perfectamente a las bases militares de Georgia. Por ello, era fundamental la salida de las tropas rusas que llevaban acuarteladas en Georgia desde su independencia. Para el despliegue de estas nuevas brigadas era necesario un puerto de gran profundidad como el de Poti y para los aviones C–17 unas bases aéreas con pistas de gran longitud (7.500 pies) como las que existen en Senaki y Miruelli (cerca de Tblisi). Es interesante recordar que durante esta crisis Senaki, Miruelli y Poti han sido objetivo de los bombardeos de las fuerzas federales. Desde estas bases, objetivos como Irak, Afganistán e Irán son más fácilmente alcanzables para EEUU. Este hecho demuestra que la intervención rusa no iba sólo contra Georgia sino contra una política norteamericana que estaba desmantelando una hegemonía rusa de siglos.

Por otra parte, no hay que perder de vista las elecciones presidenciales de EEUU en las que tanto el candidato demócrata Barack Obama como el republicano John McCain han mantenido posturas de gran dureza con Rusia, lo que hace entrever que la política hacia la zona no va a cambiar sea quien sea presidente. Sin embargo, el ex–presidente Putin ha acusado al presidente Bush de preparar una guerra para que el candidato republicano pueda ganar las elecciones. Se trata de una nueva muestra del deseo ruso por la confrontación con Occidente.

Asimismo, la OTAN también se ha visto afectada por la crisis de Osetia, aunque en un sentido positivo ya que, tras el desencuentro de Bucarest, la Alianza Atlántica ha recuperado el consenso. Aunque algunos Estados sean partidarios de que Georgia y Ucrania entren en la OTAN y otros no tanto, todos han firmado una declaración muy dura contra la actuación de Rusia. La reunión extraordinaria del Consejo del Atlántico Norte sirvió para mandar un mensaje muy claro a Rusia: la OTAN apoya a Georgia y reafirma su independencia, su soberanía y su integridad territorial. Además de esta declaración, se acordó establecer una comisión OTAN–Georgia como la que ya existe con Ucrania. Sin lugar a dudas esto supone un espaldarazo a Tblisi.

Aunque puede parecer que con este ataque Rusia ha alejado a Georgia del seno de la OTAN, lo que también está claro es que algunos miembros de la Alianza como el Reino Unido y EEUU han reforzado su decisión de contar en el futuro con Georgia no ya como socio, sino como miembro de la Alianza, tal y como demuestran las declaraciones en Ucrania del secretario del Foreign Office, David Miliband, reiterando que la integración de Georgia sigue sobre la mesa.

En lo que se refiere a la supuesta disputa naval en el Mar Negro entre la OTAN y Rusia, hay que decir que ésta es inexistente. Rusia había acusado a la Alianza de enviar barcos (grupo SNMG1) para evitar la ocupación del puerto de Poti. La acusación es absolutamente falsa ya que se trata de unos ejercicios rutinarios planeados un año atrás y notificados en junio pasado, tal y como requiere la Convención de Montreal. Por lo tanto, el Kremlin trata de nuevo de crear tensión con la Alianza.

Otro de los elementos que han enervado a Moscú ha sido la firma entre Washington y Varsovia de un acuerdo para el establecimiento de un escudo antimisiles en Polonia que se complementa con el rubricado en julio con la República Checa. Aunque se ha afirmado que no se trata de una defensa contra Rusia y sí contra grupos terroristas y/o Estados irresponsables, Moscú ha utilizado la firma de estos acuerdos para arremeter contra EEUU y sus aliados. Llama la atención que el acuerdo con Polonia se firmara en plena crisis de Georgia y que tan sólo unos días después Rusia probara un desarrollo del misil RS 12 Topol, capaz de alcanzar los 6.000 km. Moscú trata de desafiar una vez más a Occidente con el lanzamiento de este misil capaz de superar los límites del escudo.

Como dato positivo de la crisis, se puede afirmar que la Alianza Atlántica parece recuperar un consenso que se había perdido con la intervención en Irak, y que como se ha dicho más arriba parecía muy lejos en la Cumbre de Bucarest, algo que también se puede hacer extensivo a las relaciones entre la OTAN y la UE. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de las relaciones Moscú–Washington, que se han visto deterioradas gravemente. EEUU llegó incluso a proponer la expulsión de Rusia del G8, algo que el resto de socios no están dispuestos a llevar a cabo. Asimismo, EEUU parece dispuesto a dar marcha atrás con el acuerdo sobre cooperación nuclear civil con Rusia, que iba a reportar a Moscú grandes beneficios. Se trata de una maniobra de castigo a la actitud desafiante de Rusia que, desde luego, va más allá de la crisis de Georgia.

Además de EEUU y la OTAN, Rusia también ha lanzado un órdago a la UE que, ante la gravedad de la crisis, ha convocado un Consejo Europeo Extraordinario para septiembre. Por un lado, Rusia tiene un conflicto abierto con la Europa del Este debido al veto lituano (abril de 2008) al acuerdo de cooperación Rusia–UE. Por el otro, Moscú nunca ha visto con buenos ojos los oleoductos que evitan el territorio ruso, es decir, el Bakú–Supsa y, sobre todo, el macro–proyecto Bakú–Tblisi–Ceyhan/Bakú–Erzurum. Estos proyectos, algunos de los cuales estaban financiados por la UE (TRACECA) tenían como principal objetivo sacar el petróleo de Asia Central al Mediterráneo evitando las rutas rusas. Así, una desestabilización de Georgia podría suponer una apuesta por otros proyectos, como Nabucco, que representa una alternativa al gasoducto Bakú–Erzurum, o el oleoducto entre Irán y Armenia, recientemente comprado por Gazprom, que supondría una alternativa al Bakú–Tblisi–Ceyhan.

Siguiendo con este punto acerca de cómo la energía se revela como un elemento más de diplomacia del Kremlin, la pregunta es cómo va a afectar la crisis de Georgia a los acuerdos energéticos entre Rusia y los países de la UE o, lo que es lo mismo, volverá Moscú a cortar el flujo de gas a los países del Báltico o del Este de Europa? Sin embargo, no se puede olvidar que Rusia basa su economía en los hidrocarburos (el 60% del PIB en el gas y el 20% en el petróleo) y que un conflicto con sus principales clientes podría afectar de forma muy negativa a su economía en unos momentos muy complicados.

Por lo demás, hay que decir que la invasión rusa de Georgia ha terminado de liquidar al ya maltrecho tratado FACE, ya que el equilibrio de fuerzas entre un parte y la otra queda totalmente anulado. Además, parece que Rusia va a instalar bases tanto en Osetia del Sur como Abjasia, concretamente en la frontera entre Ucrania y Georgia. Se trata pues de una maniobra para advertir al resto de países de la CEI de que cualquier acercamiento a Occidente puede acabar con consecuencias no deseadas. El aviso tiene dos claros destinatarios, Ucrania y Azerbaiyán, que junto con Georgia han sido las ex repúblicas con unos postulados más pro–occidentales, tal como demuestra su pertenencia al GUUAM/GUAM. En consecuencia, es también un ataque a la política de EEUU hacia la región que, desde hace años, ha apostado por la democratización (“Revolución Naranja” y “Revolución de la Rosa”) y por la integración de Ucrania y Georgia y, en menor medida de Azerbaiyán, en las estructuras Euro–Atlánticas.

De modo análogo, otro de los foros que se han visto afectados por la crisis de Georgia ha sido la Organización de Cooperación de Shangai, en el contexto de la cumbre de la organización celebrada en Dushanbe. Moscú pensaba que iba a encontrar el respaldo que no ha logrado en otros foros. Sin embargo, los mandatarios euroasiáticos le han dado un apoyo relativo, ya que lo que Rusia quería iba contra el propio espíritu de la organización, que tiene como uno de sus puntos fundamentales la lucha contra el separatismo.

Conclusión


La crisis de Georgia ha generado un profundo deterioro de la imagen de Rusia. Los esfuerzos llevados a cabo durante los últimos años para lograr un entendimiento con la OTAN han quedado pulverizados, la UE se está replanteando sus relaciones con Rusia y Moscú ha salvado una condena del Consejo de Seguridad solamente por su derecho de veto. Incluso una organización como la OCS, donde Rusia pensaba que tenía las cosas controladas, le ha dado la espalda y ni siquiera un cambio de color en la Administración norteamericana podrá reconstruir las relaciones Moscú–Washington.

En síntesis, Rusia pretende volver a las zonas de influencia que marcaron la Guerra Fría. Se debe aprender de la historia y no volver a cometer errores pasados. En 1945 Occidente abandonó a su suerte a buena parte de Europa; es conveniente no cometer de nuevo el mismo error.

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[1] Fue bajo el mando del general Shamanov, el responsable de la Segunda Guerra de Chechenia.

[2] Véase Alberto Priego, “NATO Cooperation Towards the South Caucasus”, Caucasian Review of International Affairs, invierno 2008, http://www.cria–online.org/Journal/2/NATO%20cooperation%20towards%20Southern%20Caucasus%20by%20Alberto%20Priego_done.pdf.

[3] Véase Alberto Priego, “Georgia: Otra Revolución de terciopelo?”, UNISCI Discussion Papers, nº 5, enero de 2005, http://www.ucm.es/info/unisci/revistas/Alberto4.pdf.

[4] Véase Alberto Priego, “The Emergence of the Southern Caucasus as the Cornerstone in the Greater Middle East”, REEI, enero de 2007, http://www.reei.org/reei%2013/A.Priego(reei13).pdf.