10 de agosto de 2008

ESTADOS UNIDOS, IRAK Y LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO



Lee Kuan Yew*

El rasgo básico de la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría fue que era inclusivo: la disposición de aceptar a cualquier nación que se opusiera al comunismo, fuera cual fuese su forma de gobierno. Estados Unidos se enfrentó al sistema soviético y sostuvo la línea en el terreno militar, y su enfoque consistente e integral condujo a la larga a la implosión de la Unión Soviética.

Luego de la Guerra Fría vino la "guerra contra el terrorismo". Terroristas islámicos trataron de echar abajo el Centro Mundial del Comercio en 1993 y perpetraron ataques con bombas en las embajadas estadounidenses en Kenya y Tanzania en 1998. Después vinieron los ataques del 11 de Septiembre de 2001. En respuesta, Estados Unidos atacó Afganistán y derrotó al Talibán. Más tarde, en 2003, invadió Irak para deponer a Saddam Hussein e instaurar la democracia.

Sin embargo, durante la guerra contra el terrorismo Estados Unidos no ha sido tan inclusivo como en la guerra contra el comunismo. Aparte de los que integraron la "coalición de los dispuestos", hasta la mayoría de países europeos se han distanciado de Washington.

Estados Unidos no se dio cuenta, además, de la profundidad de las fracturas en la sociedad iraquí: entre kurdos y árabes, sunitas y chiítas, y los miembros de las diferentes tribus y grupos religiosos locales. Estas tensiones fueron contenidas durante cuatro siglos de dominio otomano, y el británico, que sucedió a los otomanos en 1920, puso a Irak bajo fuerte control sunita, centrado en Bagdad. Ahora, a causa de la destrucción de la vieja sociedad iraquí, por primera vez en siglos el poder está en manos de los chiítas iraquíes.

Retirado el control sunita en Irak, el Irán chiíta ya no tiene contrapeso para extender su influencia hacia Occidente. Y al permitir el surgimiento del primer Estado árabe dominado por los chiítas, Estados Unidos ha incitado las aspiraciones políticas de los 150 millones o más de chiítas que viven en países sunitas en otras partes de la región. Durante mucho tiempo Washington ha confiado en sus tradicionales aliados sunitas, como Egipto, Jordania y Arabia Saudita, para mantener bajo control el conflicto árabe-israelí. Ahora es probable que el poderío del bloque sunita ya no sea capaz de contener a un Irán que apoya milicias como Hezbollah y Hamas en contra de Israel. El nuevo primer ministro iraquí, Nouri al-Maliki, chiíta, se vio en la necesidad de expresar su apoyo público a Hezbollah en Líbano durante los enfrentamientos del verano pasado.

No estoy entre quienes dicen que fue un error ir a Irak para derrocar a Hussein y hoy abogan por que Washington reduzca sus pérdidas y se retire. Esto no solucionará el problema. Si Estados Unidos se retira de Irak antes de tiempo, jihadistas de todas partes se sentirán envalentonados para dar la batalla a Washington y sus amigos y aliados. Habiendo derrotado a los rusos en Afganistán y a Estados Unidos en Irak, creerán que pueden cambiar el mundo. Peor aún, si se desata la guerra civil en Irak, el conflicto desestabilizará todo Medio Oriente, pues arrastrará a Arabia Saudita, Egipto, Irán, Jordania, Líbano, Siria y Turquía.

Respecto de Irak, el gobierno de Singapur ha apoyado y apoya con firmeza al presidente George W. Bush y su equipo. Hemos ayudado a entrenar a la policía iraquí y tres veces hemos despachado un buque-tanque de desembarco al Golfo Pérsico, en cada ocasión con unos 170 hombres, un destacamento de aviones c-130 y tres de KC-135 para misiones de reabastecimiento de combustible aire-aire. El presidente Bush tuvo razón en invadir Irak para deponer a Hussein y tratar de retirar las armas de destrucción masiva que agencias de inteligencia de Europa y Estados Unidos juzgaron que poseía Irak. Pero me puse nervioso cuando Estados Unidos desbandó al ejército y la policía iraquíes y despidió del gobierno a todos los baazistas. Temí que eso crearía un vacío.

Recordé cuando los japoneses capturaron Singapur, en febrero de 1942, y tomaron prisioneros a 90000 soldados británicos, indios y australianos: dejaron intactas y en funcionamiento a la policía y la administración civil, bajo control de oficiales militares japoneses, pero con el personal británico encargado aún de los servicios esenciales, como el gas y la electricidad. Salvo una pequeña guarnición, la mayoría de los 30000 elementos de la fuerza invasora japonesa salió de Singapur y partió hacia Java en el curso de dos semanas. Si los japoneses hubieran disuelto a la policía y la administración civil cuando encarcelaron a los soldados británicos, el caos habría sobrevenido.

Las percepciones de unilateralismo estadounidense han desencadenado una contracoalición informal de necesidad entre países que se oponen a la coalición de los dispuestos. Muchos integrantes de esta contracoalición no simpatizan con los jihadistas. Rusia y China, junto con algunos países europeos, se han unido simplemente para proteger sus intereses contra lo que perciben como invasión estadounidense en sus respectivos dominios. No tienen ningún conflicto fundamental de interés con Washington.

Por lo tanto, para aislar a los grupos jihadistas, Estados Unidos debe adoptar un enfoque más multilateral y sumar a su causa a Europa, Rusia, China, India y todos los gobiernos no musulmanes, junto con muchos musulmanes moderados. Se necesita una coalición de alcance mundial para combatir las llamas de odio que avivan los fanáticos islamistas. Cuando los gobiernos musulmanes moderados, como los de Indonesia, Malasia, los estados del Golfo Pérsico, Egipto y Jordania se sientan cómodos para asociarse a una coalición multilateral contra el terrorismo islamista, la marea de la batalla se volverá contra los extremistas.

Reconstrucción de Medio Oriente

El gobierno de Bush se ha propuesto extender la democracia en Irak y en Medio Oriente en general. A la larga, la democracia puede triunfar, pero el proceso no será fácil.

Además, una elección libre e imparcial no es el mejor primer paso hacia la democracia en un país que no tiene historia ni tradición de autonomía. Sin los preparativos adecuados, las elecciones simplemente permiten que la gente exprese sus frustraciones contra la corrupción y las ineptitudes de los gobernantes en turno y vote por la oposición, sin considerar sus características. Eso fue lo que hizo que Hamas ganara el poder en los territorios palestinos.

Un mejor principio sería concentrarse en la educación, la emancipación de las mujeres y la creación de oportunidades económicas. A continuación debe venir un enfoque en instaurar el estado de derecho, fortalecer la independencia de los tribunales y construir las instituciones de la sociedad civil necesarias para la democracia. Sólo entonces conducirán las elecciones libres a un orden más democrático.

Pensar que Irak puede pasar de la dictadura a la democracia mediante dos elecciones en tres años es esperar demasiado. Tal transformación es un esfuerzo para el largo trayecto, que trasciende los ciclos electorales estadounidenses. En sus luchas de hoy, Estados Unidos debe recordar los principios y políticas que guiaron sus respuestas a las amenazas de la Guerra Fría y aceptar que ninguna potencia, religión o ideología puede conquistar por sí sola el mundo ni reconstruirlo a su imagen y semejanza. El mundo es demasiado diverso. Diferentes razas, culturas, religiones, idiomas e historias requieren caminos diferentes hacia la democracia y el libre mercado. Las sociedades en un mundo globalizado se influirán y afectarán unas a otras. Y en el ámbito interno debe decidirse qué sistema social satisfará mejor las necesidades de un pueblo en una etapa particular.

En cuanto al resto de Medio Oriente, Singapur debe mucho a Israel. Cuando alcanzamos la independencia, en 1965, Israel fue el único país que nos ayudó a construir un ejército ciudadano. El coronel israelí que encabezó un equipo de 10 oficiales de 1966 a 1968 volvió a Singapur una década después como general brigadier y se sorprendió de nuestro progreso económico. Lamentó que el progreso económico fuera más lento en Israel. Le dije que habíamos estado en paz con nuestros vecinos y que las fuerzas armadas de Singapur habían sido un factor de disuasión, un arma de último recurso frente al aventurerismo de cualquier país. Israel, en cambio, había estado envuelto en guerras sucesivas.

Para solucionar el conflicto palestino-israelí, debe haber dos estados, uno para Israel y otro para los palestinos. Pero este último debe ser viable, por el cual valga la pena hacer la paz. Estados Unidos debe apremiar a Israel a fin de que aliente el surgimiento de tal Estado palestino y lo ayude a prosperar, y así los palestinos tengan razones para evitar la guerra si ésta ha de destruir el futuro que construyen para sí mismos.

El progreso en la cuestión palestino-israelí no sólo será beneficioso por sí mismo, sino también para aliviar el descontento que produce en los árabes sunitas la percepción de que sus países acceden al apoyo estadounidense a Israel contra los intereses palestinos. Si se viera que Washington apoya activamente el proceso de paz con el objetivo de una solución de dos estados, los gobiernos sunitas tendrían más probabilidades de apoyar abiertamente las políticas estadounidenses hacia la paz en el gran Medio Oriente.

En cuanto a Irán, está comprometido públicamente con la destrucción de Israel y tratará de sabotear cualquier acuerdo de paz, porque la continuación del conflicto palestino-israelí es necesaria para su lucha contra los estados árabes sunitas por la supremacía en el mundo musulmán. Alentado por el reciente ensayo nuclear de Corea del Norte, Irán proseguirá con su propio programa nuclear, y si obtiene suficiente material de misiles, el equilibrio del poder en el Golfo se habrá alterado fundamentalmente. El problema iraní eclipsará al iraquí y estará en primer lugar en la agenda internacional. Y si la teocracia iraní tiene éxito, muchos en los países musulmanes verán en ella, no en la democracia, el camino hacia el futuro.

Beneficios colaterales

La razón por la que me enfoco tanto en Medio Oriente es porque mi primera interacción estrecha con Estados Unidos derivó de la participación de ese país en una dolorosa lucha anterior, la de Vietnam. Entre 1966 y 1971, los gobernantes estadounidenses solían detenerse en Singapur después de visitar Vietnam del Sur para hablar conmigo sobre la situación regional. Washington había enviado unos 500000 efectivos sin conocimiento suficiente de la historia del pueblo vietnamita, y como resultado pagó un precio enorme en sangre, recursos económicos, prestigio y confianza.

En la década de 1970 la sabiduría convencional vio la guerra de Vietnam como un desastre absoluto. Pero ha sido una interpretación errónea. La guerra trajo beneficios colaterales, al ganar tiempo y crear las condiciones que permitieron a la Asia no comunista seguir la ruta japonesa y llegar a constituirse en los cuatro dragones (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán) y, más tarde, los cuatro tigres (Indonesia, Malasia, Filipinas y Tailandia). El tiempo trajo la división entre Moscú y Beijing y luego entre Beijing y Hanoi. A su vez, la influencia de los cuatro dragones y los cuatro tigres transformó tanto a China comunista como a Vietnam comunista en economías abiertas de libre mercado y dio mayor libertad a sus sociedades.

Hoy la sabiduría convencional dice que la guerra en Irak es también un desastre absoluto. Pero si los problemas de esa nación se enfrentan con decisión y no con derrotismo, la sabiduría convencional de hoy también puede resultar equivocada. Un Irak estabilizado y menos represivo, en el que las diferentes comunidades étnicas se acepten unas a otras en algún marco instaurado, puede ser una influencia liberadora en Medio Oriente.

El desafío ahora, como en la década de 1970, es que Estados Unidos encuentre una salida honorable de un conflicto que evolucionó en forma inesperada. Una vez que comenzó, sin embargo, el problema tiene que llevarse a una solución final de forma que no se cause daño irreparable a Estados Unidos y al mundo en su conjunto. Un Irak que se aglutine como un solo Estado, que incluya a chiítas, sunitas, kurdos y otros, y que no sea manipulado por ninguno de sus vecinos representa un resultado acorde con los intereses de Estados Unidos, de los vecinos de Irak y del mundo en general. Washington debe, por tanto, unir a todos los vecinos de Irak en el proceso de alcanzar ese objetivo.

El próximo presidente estadounidense enfrentará un nuevo mundo. No sólo habrá que lidiar con Irak, sino también con Irán, y la lucha de largo plazo contra los militantes islamistas estará aún en sus etapas iniciales. Pero Estados Unidos se sobrepuso a los reveses de la guerra de Vietnam, frenó la expansión soviética y se convirtió en la superpotencia indispensable. Con una amplia coalición y una actitud apropiada, Estados Unidos también puede prevalecer hoy.

* Lee Kuan Yew es consejero de ministros de Singapur. Fue primer ministro de ese país de 1959 a 1990. Este artículo es la adaptación de un discurso que pronunció al aceptar el premio Woodrow Wilson por Servicio Público, en octubre de 2006.